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 Haiti-Refondation.org

LA POLITIQUE ÉTRANGÈRE DOMINICAINE ET LES PERCEPTIONS POPULAIRES D'HAÏTI (espagnol)

, 02:39am

Publié par haiti-refondation-org

¿Una aparente contradicción?

Percepciones populares de Haití y la política externa dominicana.

 

par Dr. Ernesto Sagas

Departamento de Estudios Latinoamericanos y Puertorriqueños.

Lehman College, Universidad de la Ciudad de Nueva York

Trabajo presentado en la Sexta Conferencia Anual de la Asociación de Estudios Haitianos; Boston, MA. Octubre 14-15, 1994.

 

Introducción:

La política exterior de la República Dominicana gira sobre dos ejes. El primero lo es, como la mayoría de los países de la región, obviamente Washington D.C. El segundo es Puerto Príncipe. Este último tiene menos que ver con intereses comerciales que con asuntos de seguridad. Haití y la República Dominicana, son dos naciones atrapadas por circunstancias históricas en una pequeña isla caribeña. Un caso raro, de hecho, que causa que los sucesos que ocurren en una parte de la isla, tienen un impacto eventual sobre el otro lado.

No hay escape a esta realidad, y este es el porqué las relaciones con Haití, han sido siempre más un asunto de seguridad que de otra cosa. La política exterior del gobierno dominicano hacia Haití está en aparente contradicción con sus políticas domésticas hacia los ciudadanos haitianos que viven en la República Dominicana. Mientras los migrantes haitianos en la República Dominicana son sujetos de discriminación, violaciones frecuentes a sus derechos humanos y deportación, las relaciones exteriores con Haití no han sido de confrontación, y a veces, hasta cordiales.También, mientras Haití es popularmente percibido en la República Dominicana como caótico, inestable, y un país no democrático, el Gobierno Dominicano ha sido indiferente en apoyar cambios democráticos en Haití.

 

Este trabajo se enfocará tanto en la larga historia como sobre el actual desarrollo de las relaciones haitiano-dominicanas, principalmente en cuanto a las tensas relaciones entre los presidentes Jean Bertrand Aristide y Joaquín Balaguer, y los problemas concernientes a la complimentación del gobierno dominicano con el embargo internacional en contra de Haití.

 

Voy también a argumentar que la política exterior de la República Dominicana es guiada por dos axiomas:

 

Primero: que Haití está percibido como un país en el que la democracia no encaja, dado los obstáculos económicos, políticos y humanos que allí habrían de ser afrontados.

 

Segundo:

a consecuencia del primero, el Gobierno dominicano percibe el desarrollo democrático de Haití como amenaza a sus intereses nacionales. Por tanto, ha buscado preservar un estatus autoritario en Haití.

 

UNA HISTORIA DECONFLICTO Y COOPERACIÓN:

 

En la tradición historiográfica dominicana la historia de Haití comienza cuando los primeros bucaneros sentaron pie sobre la Hispaniola del noroeste (Peña Batlle 1946). De ahí en adelante, la historia de la isla ha sido percibida como una larga lucha en la cual el Oeste trata de tomar al Este; los colonialistas franceses se ensañaban sobre la colonia de Santo Domingo y más tarde, Haití trató de absorber la República Dominicana. Este punto de vista tradicional de las relaciones haitiano-dominicanas fue promovido por la dictadura de Rafael Trujillo a lo largo de sus 31 años.

 

Se enfatizaba más sobre las diferencias entre haitianos y dominicanos que sobre los puntos en común. Una completa generación de líderes dominicanos, y por igual de gente común, crecieron bajo esta ideología. Como resultado, hoy la mayoría de los dominicanos comparte estos mitos históricos distorsionados. Quizás por ello actualmente haya muy poco que celebrar en la historia de las relaciones haitiano-dominicanas.

 

Hasta el reconocimiento oficial de la colonia francesa de Saint-Domingue en 1777 por el Tratado de Aranjuez, los franceses y los españoles de la Hispaniola vivieron casi en una permanente guerra. Los Franceses constantemente empujaban sus informales fronteras, en su necesidad de tierra, mientras los españoles llevaban a cabo incursiones en un esfuerzo fútil por erradicar la presencia francesa en La Hispaniola. Aún más, la Hispaniola se convirtió en el espejo de los políticos europeos: cuando Francia y España estaban en guerra en Europa, sus colonialistas también peleaban en La Hispaniola. En 1795 los franceses obtuvieron la parte del Este, sólo para perder la isla entera años más tarde.

 

La revolución haitiana, liberadora como lo fue, causó profunda preocupación en el lado del Este, en donde se temió que la violencia iba a apoderarse de la isla entera. En 1822, cuando Haití resolvió sus problemas internos, Jean Pierre Boyer anexó la anterior colonia española de Santo Domingo. El movimiento de Boyer no tuvo oposición de las elites pro-hispánicas, quienes no tenían un ejército para pelear; ni por las masas, que percibían las leyes de Boyer como igualitarias. De hecho, Boyer abolió la esclavitud y dio tierras a los de la clase baja.

 

El descontento a gran escala realmente comenzó cuando las condiciones económicas de Haití se deterioraron como resultado del peso gravoso de las indemnizaciones que debían pagarse a Francia, y debido al sistema de tenencia de tierras que devino en minifundios sin beneficios (Frank Moya Pons 1977).

 

El 27 de Febrero de 1844 un grupo de conspiradores dominicanos aprovechándose de la situación de inestabilidad interna en Haití, declararon la independencia. Esta independencia fue más bien un evento pacífico, pero no así su consolidación. Los líderes haitianos consideraban al Este no sólo como parte de Haití, sino un territorio vital para la seguridad y el bienestar económico del Estado haitiano. Así, entre 1844-1856 diferentes líderes haitianos trataron sin éxito de reanexar al Este. Estas prolongadas guerras conformaron un sentimiento antihaitiano entre la población dominicana estimulado por las élites dominantes con el objeto de reforzar el nacionalismo. Poco después, las guerras haitiano-dominicanas llevaron a los líderes dominicanos a buscar la protección de poderes extranjeros. Su principal preocupación era que la República Dominicana tenía una población menor que Haití; además de que pensaban que ella no era viable como nación independiente.

 

En 1861 las relaciones haitiano-dominicanas entraron en una dimensión nueva cuando Pedro Santana reanexó la República Dominicana a España. La República Dominicana es la única nación Latinoamericana que revertió su estatus colonial anterior después de la independencia, debido a las razones arriba mencionadas. Este giro de los sucesos preocuparon profundamente a los líderes haitianos. La restauración del poder español en La Hispaniola podía eventualmente haber significado una vuelta a la esclavitud en el Este. Adicionalmente, España había sugerido que trataría de recobrar sus antiguos territorios en la planicie central de Haití perdidos en la Revolución Haitiana. Las autoridades haitianas dieron refugio y apoyo logístico a los revolucionarios dominicanos que luchaban contra los españoles, hasta que la independencia dominicana fue finalmente restaurada en 1865. Los líderes haitianos habían determinado, primero, que Haití y la República Dominicana constituían dos naciones diferentes, y, segundo, que una República Dominicana independiente era preferible que tener un poder europeo en La Hispaniola.

 

Ahora que la coexistencia pacífica parecía sostenible, un problema permanecía, sin embargo: la demarcación de una frontera fija entre los dos países. El final del siglo XIX y las dos primeras décadas del XX se gastaron infructuasamente en estos propósitos. La inestabilidad política en ambos países hizo dificultosas las negociaciones diplomáticas; además, quedaban reclamos pendientes de resolver. La ocupación militar en Haití por Estados Unidos (1915-1924) y de la República Dominicana (1916-1924) restringieron temporalmente nuevas iniciativas diplomáticas entre ambos países. Sin embargo, los estrategas militares norteamericanos notaron que una frontera sin definición era un tema de guerra potencial que podía contribuir a la inestabilidad política en la estratégica región caribeña. A resultas, fue firmado el 21 de Enero de 1929 un arreglo sobre la línea de demarcación, entre los presidentes Horacio Vásquez y Luis Borno (Jean Price-Mars 1953, 3:209-213).

 

En 1935 y 1936 los presidentes Rafael L. Trujillo y Stenio Vincent firmaron adicionales cláusulas y enmiendas al Tratado de 1929, estableciendo, finalmente, un claramente delimitado límite fronterizo, el cual rige hasta hoy.Fue este el mejor momento de que han disfrutado las relaciones haitiano-dominicanas. Incluso, Trujillo visitó Puerto Príncipe y fue cálidamente recibido por el pueblo. La prensa dominicana destacó, con loas, al Presidente Vincent y al pueblo haitiano. Parecía como que los enfrentamientos del siglo XIX fueren cosas de un pasado olvidado. No obstante, Trujillo pensaba diferente. Con la definición de una línea fronteriza, él buscaba aumentar el control sobre la República Dominicana. Para Trujillo la frontera no representaba el límite a su autoridad sino más bien el inicio de su dominio. Como resultado, Trujillo hizo del tema de la frontera una de sus mayores prioridades de su política exterior. Las secuelas del tratado fronterizo, sin embargo, enfureció a Trujillo. Él, equivocadamente, había pensado que dicho tratado habría de significar una frontera cerrada. Ese no fue el caso.

 

El tratado fronterizo fue un acuerdo diplomático y poco había cambiado para las personas que habitaban ambos lados. Por décadas, después de finalizadas las guerras hatiano-dominicanas, la región fronteriza en donde la autoridad del Estado había sido muy débil, condujo al desarrollo de una población mixta de “arrayanos”, hatianos-dominicanos que hablaban español y cróele, aliados en el comercio y el contrabando a través de la frontera sin ser compromisarios de algún estado en particular (Michiel Baud 1993a, 1993b). Un viaje de inspección de Trujillo a lo largo de la frontera le confirmó la debilidad del Estado dominicano en esas dispersas poblaciones (Carlos Cornielle 1980).

 

La respuesta de Trujillo fue rápida y brutal. En Octubre de 1937 él ordenó a los militares a matar todos los haitianos en la República Dominicana. Miles de haitianos fueron asesinados en pocos días usando machetes y palos para así dar la impresión de que ello había sido producto de acciones no coordinadas de granjeros dominicanos que habían decidido resolver viejas rencillas. Los estimados acerca del número de muertos están dentro del rango de varios cientos a 26,000, los cuales fueron asesinados en lugares tan apartados como Santiago y Samaná (Bernardo Vega 1988, 386-387). Sólo se salvaron aquellos que trabajaban en plantaciones azucareras cuyos dueños eran norteamericanos. Las razones detrás de las decisiones de Trujillo para llevar a cabo la masacre de 1937 nunca fueron claras (Bernardo Vega 1988, capt. 10).

 

Posterior a la masacre de 1937, Trujillo inició un bien publicitado programa de “dominicanización” de la frontera. Fueron implementados programas de desarrollo y se estimuló a inmigrantes blancos a asentarse en la región. El objetivo de Trujillo fue crear una barrera socio-cultural contra las influencias haitianas y así reforzar la acción militar de 1937. Como parte de este plan, la población dominicana fue sometida a una constante descarga de propaganda anti-haitiana. Haití y los haitianos pasaron a ser de buenos vecinos a chivos expiatorios de la sociedad dominicana. Estimulando un falso nacionalismo Trujillo buscó distraer la opinión pública enfocando un enemigo foráneo. Ningún propósito pudo ser más conveniente que Haití, dada la larga historia de animosidad entre los dos países. Esa difusa propaganda se convertiría eventualmente en la ideología que hoy es conocida como antihaitianismo. Dos de sus más prolíficos escritores fueron Manuel Arturo Peña Batlle y Joaquín Balaguer (Ernesto Sagas 1993).

 

Una completa generación de dominicanos creció bajo el influjo de los dogmas del antihaitianismo mientras el aparato oficial promovía esa la línea ideológica por todo el país. En adición, el antihaitianismo, con su retorcido sentido de la historia, permitió al más pobre de los dominicanos, sentirse racial y culturalmente superior al haitiano. La ideología antihaitiana tocaba un acorde familiar en la psiquis dominicana y Trujillo y sus ideólogos estaban muy conscientes de ello. En resuelta contradicción con esta virulenta retórica antihaitiana, la administración trujilista mantuvo cordiales relaciones con la mayoría de los gobernantes haitianos. El “incidente” de 1937 fue arreglado a través de los canales diplomáticos y la República Dominicana acordó pagar una indemnización de 750,000 dólares. En 1952 ambos estados firmaron un acuerdo para regular la importación de trabajadores haitianos para la industria azucarera.Este tipo de acuerdos fueron renovados hasta 1986, cuando Jean-Claude Duvalier dejó Haití. No es necesario decir que el tráfico de trabajadores haitianos se convirtió en un lucrativo negocio para grupos políticos en ambos lados de la isla. Trujillo también intervino constantemente en asuntos políticos haitianos. Primero, con la intención de prevenir a los exiliados dominicanos de no tomar el territorio haitiano como base de operaciones, y luego, en el sentido de influir sobre los políticos haitianos en su beneficio. Un buen ejemplo fue Elie Lescot. La carrera (política/ndv) de Lescot fue auspiciada por Trujillo, quien le ayudó a ascender a la presidencia de Haití (Robert D. Crasssweller 1996).

 

Trujillo usó el soborno y la intimidación para influenciar otros políticos haitianos. La consolidación de la dictadura de Francois Duvalier implicó un nuevo modus vivendi, por el cual estos dos hombres fuertes entendieron que era de mutua conveniencia protegerse uno al otro, mas que pelear mutuamente. Tenían una misma meta de supervivencia y un enemigo común: Fidel Castro de la Cuba revolucionaria.

 

RELACIONES HAITIANO-DOMINICANAS DESPUÉS DE TRUJILLO:

 

El precedente repaso histórico ha mostrado cómo las relaciones haitiano-dominicanas han tenido sus altas y sus bajas. El período de las guerras haitiano-dominicanas en el siglo XIX condujeron a la sospecha y a la desconfianza mutuas. Estas diferencias fueron puestas de lado cuando más tarde, en esa centuria, los haitianos ayudaron a los rebeldes dominicanos que luchaban contra España. La amistad haitiano-dominicana alcanzó el más alto grado de cordialidad cuando fueron finalmente establecidos los límites fronterizos entre las dos naciones. Finalmente, la masacre de migrantes haitianos por tropas de Trujillo en 1937 marcó el inicio de la animosidad popular caracterizado por el desarrollo de la ideología del antihaitianismo. Tan profundos y duraderos fueron los efectos de la propaganda de Trujillo que aún hoy los haitianos son las principales víctimas propiciatorias de la sociedad dominicana. En el nivel diplomático, sin embargo, las relaciones entre Haití y la República Dominicana fueron correctas y aún cordiales. El balance de poder también había sido alterado. Mientras que durante el siglo XIX Haití había sido la nación más poderosa en la isla, para el tiempo de la Era de Trujillo esos roles habían sido revertidos. La República Dominicana se volvió el país intervensionista que se entrometía en los asuntos de sus vecinos, con el objeto de proteger su interés nacional, justo como lo había hecho Haití en el siglo XIX. Esta reversión de valores tenía dos causas principales: el crecimiento de la población dominicana, y el desarrollo de la imponente fuerza de combate que Trujillo dio al ejército dominicano.

 

La presidencia de Juan Bosch, en 1963, dio como resultado uno de los períodos más tensos en las relaciones haitiano-dominicanas contemporáneas. Bosch, un liberal electo con amplio apoyo popular, veía en Duvalier un tirano como Trujillo. Bosch apoyó los esfuerzos de los exiliados haitianos por sacar del poder a Duvalier. En Abril de 1963, un incidente diplomático en la embajada dominicana en Puerto Príncipe ocasionó la movilización de tropas dominicanas hacia la frontera. En Agosto y Septiembre del mismo año, haitianos exiliados bajo el mando del exgeneral Leon Cantave, atacaron Haití desde bases en territorio dominicano. En toda ocasión, los exiliados eran conducidos de vuelta hacia territorio dominicano. Estos serios incidentes provocaron una aguda crisis, aunque de corta duración, porque, poco después, Bosch fue derrocado por los militares dominicanos el 25 de Septiembre de 1963. Su manejo de la crisis haitiana ha sido mencionada como uno de los factores que inclinaron a los militares dominicanos contra Bosch (Diederich and Burt 1986, 220-221).

 

La elección de Joaquín Balaguer, en 1966, y su ejercicio en el poder por 12 años, abrió paso a una nueva era en las relaciones haitiano-dominicanas. Como hemos mencionado antes, Balaguer había sido uno de los principales ideólogos del antihaitianismo, pero, él fue, también, un político pragmático. Las décadas de los 60 y de los 70 fueron años de cordiales relaciones respaldadas por un líder que era bien conocido por su personal vision anti-haitiana. Durante este período surgió una nueva generación de eruditos progresistas que cuestionaban, criticaban y echaban por tierra el antihaitianismo racista. Mayormente basados en una concepción marxista de la historia, estos intelectuales denunciaban el antihaitianismo como arma ideológica de la clase dominante dominicana (Roberto Cassá 1975). No obstante, quedó plasmado el hecho de que el antihaitianismo era aún una ideología dominante, y, al menos, una difusa mezcla de tales ideas fueron compartidas por gran parte de la población dominicana.

 

Mil novecientos ochenta y seis fue un año trascendental en la isla la Hispaniola. Los Duvalier, en el poder desde 1957, fueron finalmente forzados a abandonar Haití. En la República Dominicana, Balaguer fue electo por un cuarto período constitucional, después de haber sido derrotado en 1978 y 1982. Ahora, por vez primera, en décadas, la democracia parecía florecer en ambos lados de la isla. En 1986, Balaguer, además, confrontaba un Haití completamente renovado. Después de la caída de los Duvalier, Haití entró en un período de inestabilidad política y social, pues, diferentes grupos competían por llenar el vacío de poder dejado por los Duvalier. El acercamiento de Balaguer durante ese turbulento período fue de cautelosa diplomacia, pues temía que los eventos que ocurrían en Haití podrían tener inesperadas consecuencias para la República Dominicana. Un severo desasosiego civil en Haití podía provocar un flujo de refugiados hacia el territorio dominicano, una pesadilla que el gobierno dominicano no estaba preparado para manejar. Así, Balaguer mantuvo correctas relaciones con la administración haitiana de turno, y hasta garantizó asilo en la República Dominicana a los líderes haitianos derrocados.

 

ARISTIDE, BALAGUER, Y EL EMBARGO:

 

La elección del sacerdote Jean-Bertrand Aristide en 1990 causó un problema de relaciones públicas para la administración de Balaguer. Aristide inauguró su mandato el 7 de Febrero de 1991 (exactamente cinco años después de derrocado los Duvalier), es un denodado defensor de las clases más desposeídas. Como devoto seguidor de la Teología de la Liberación, Aristide y su movimiento Lavalas, se planteó una profunda transformación de la sociedad haitiana. También denunció abiertamente en foros internacionales (como Naciones Unidas) las condiciones de trabajo esclavo de migrantes haitianos en la República Dominicana. Estas acusaciones llegaron justo en medio de una oleada de reportes provenientes de organizaciones de derechos humanos (tales como Americas Watchs), programas noticiosos norteamericanos, y la Organización Internacional del Trabajo, en los que la República Dominicana fue denunciada como violadora de los derechos humanos. Para empeorar las cosas, el Consejo de Comercio de los Estados Unidos (US Trade representative) decidió revisar estos alegatos, antes de tomar la decisión de certificar a la República Dominicana como elegible al sistema norteamericano de preferencias arancelarias (James Ferguson 1992, 87-88). Una decisión desfavorable a ese respecto hubiera significado, ciertamente, un desastre económico para la República Dominicana, como el GSP que garantiza el acceso preferencial de los productos dominicanos en el mercado norteamericano. No sorprende que Aristide se convirtiera en una figura no grata para la administración de Balaguer, así como para la mayoría de la elites económicas dominicanas.

 

El presidente Aristide se convirtió en blanco de pervertidos ataques personales en un esfuerzo por destruir su credibilidad. Aún políticos de la oposición se alinearon detrás de Balaguer en una ola de antihaitianismo nacionalista y lanzaron depravados ataques contra Aristide. Un buen ejemplo fueron los comentarios de Jacobo Majluta, un própero comerciante de ancestros árabes y candidato a la presidencia: “Jean-Bertrand no atacó al presidente Joaquín Balaguer, él fue a los foros internacionales para atacar duramente a la República Dominicana... el día de la juramentación de su ascenso al poder él llevó consigo a un brujo y caminaron por las calles de Puerto Príncipe, avergonzando al Arzobispo de esa nación, y cometió actos antidemocráticos... él (Aristide) nos acusó (a la República Dominicana) frente a la OEA, la Organización mundial del Trabajo y las Naciones Unidas, de todos los demonios del mundo” (Esteban Sarita, Listín Diario, 22 Feb., 1993, p. 4). Fabio Herrera Cabral, subsecretario de relaciones exteriores de la administración de Balaguer, advirtió que “los dominicanos deben estar listos para contrarrestar cualquier intrusión de las ideas que Aristede pretenda imponer sobre República Dominicana” (Carmen Carvajal 1993, 16). El discurso de Aristide denunciando una situación bien conocida y que ocurría hacía años (el trabajo esclavo de haitianos en Rep. Dom./ndv) era considerado por los hacedores de opinión pública dominicanos como una provocación del pueblo dominicano.

 

A las acusaciones de Aristide, Balaguer respondió con el decreto 233-91 como retaliación (ver apéndice). El decreto ordenaba la inmediata deportación de todos los ilegales haitianos cuyas edades estuvieran entre los 16 y 60 años. En el término de tres meses fueron deportados cerca de 50,000 haitianos (Ferguson 1992, 89). Los militares dominicanos obtuvieron provecho económico y se lucraron de esta operación confiscando las pertenencias de los deportados. El decreto apuntaba claramente hacia la desestabilización de la administración de Aristide al enviar a casa miles de personas que se sumarían a la masa de desempleados y sub-empleados. El 30 de Septiembre de 1991, el presidente Aristide, quien había sido electo con el favor del 67% de los votantes, fue derrocado por un golpe militar encabezado por el general Raoul Cedras. Su destino tenía una gran similitud al derrocamiento de Bosch 28 años antes. Ambos, (Aristide y Bosch/ndv) eran líderes carismáticos elegidos con el apoyo popular de las clases mayoritarias.

 

Ambos propugnaban por profundos cambios sociales y económicos, enfrentando, y ambos, de inmediato, tuvieron que encarar la rabia de las elites tradicionales. Ambos utilizaron las crisis externas con sus países vecinos con el objeto de obtener apoyo popular en el momento en que sus administraciones estaban siendo desestabilizadas. Finalmente, ambos fueron sacados del poder por conspiraciones militares siete meses después de juramentados y con el apoyo de las clases altas de sus respectivos países. Hay que notar que la administración de Balaguer no condenó el golpe contra Aristide. Por el contrario, días después del golpe la prensa dominicana fue saturada con artículos de opinión condenando a Aristide, culpando su inestable carácter como causa de su derribo (José Israel Cuello 1991). Otros artículos destacaban que Haití era un país altamente inestable, prácticamente ingobernable, y, por tanto, condenado a ser gobernado por hombres fuertes. Adicionalmente, aunque la administración de Balaguer públicamente había ofrecido ayudar en la solución del impasse haitiano, y había apoyado oficialmente el embargo de la OEA contra el gobierno militar haitiano, él tomó acciones para prevenir, o al menos retrasar, la solución de la crisis haitiana. En 1993, la administración Balaguer autorizó la venta de productos comestibles y combustible “por razones humanitarias” (Máximo M. pérez 1993,1, 16). Luego, cuando el embargo fue más riguroso, en clara violación a las sanciones impuestas por la OEA, toda clase de artículos –principalmente gasolina- fueron llevados a territorio haitiano a través de la frontera a la vista de los militares dominicanos quienes se beneficiaron enormemente de este contrabando (Howard W. French1994b). En conclusión, el embargo internacional fue tan poderoso como débil era su articulación, la República Dominicana.

 

El impacto total de la crisis haitiana coincidió con las elecciones dominicanas de Mayo de 1994. Por una parte, el retorno de Aristide se veía ahora inminente, y, por la otra, un negro con ancestros haitianos, José Francisco Peña Gómez, era el delantero en el torneo electoral. Balaguer, de nuevo, jugaba su carta nacionalista. Él se erigía en defensor de la República Dominicana contra una conspiración internacional para unir las dos naciones (French 1994a).

 

Los comerciales televisivos advertían sobre la peligrosidad de votar por Peña Gómez. No sorprende que los sondeos de opinión durante la campaña electoral mostraran que el 30% de los dominicanos consideraran que el color y la raza de un candidato eran importantes (“Fusión...” 1994, 34). Mientras en esta campaña se asestaban golpes inferidos a lo haitiano, las relaciones con el régimen de facto en Haití eran normales. Finalmente, por medio del fraude y la manipulación, Balaguer ganó las elecciones después de una crisis post electoral que duró casi tres meses. Entretanto, la embajada norteamericana aplicó presión adicional a Balaguer para que garantizara diáfanos resultados electorales y total cumplimiento con el embargo (contra Haití/ndv). Balaguer, finalmente, estuvo de acuerdo en permitir una fuerza internacional de observadores que ayudarían a los militares a reforzar el embargo. A partir de aquí la administración Clinton reconoció de inmediato la victoria de Balaguer y hasta el nuevo embajador de los Estados Unidos asistió a la ceremonia inaugural.

 

CONCLUSIÓN:

 

Las políticas haitianas han sido fundamentalmente influenciadas por dos actores externos: Los Estados Unidos y la República Dominicana. Mientras los Estados Unidos es una superpotencia que ha invadido Haití en dos ocasiones en el siglo XX, la influencia de la República Dominicana no debe subestimarse. La República Dominicana comparte con Haití la isla Hispaniola (lo que por sí es una rareza), y, adicionalmente, ha tenido una más prolongada relación con Haití que datan desde los tiempos coloniales. La reciente experiencia con Aristide demuestra la influencia de la República Dominicana sobre la política haitiana. Primero, el decreto de deportación emitido por la administración de Balaguer empeoró una ya mala situación económica en Haití, además de haber sido un recurso vergonzante para la administración da Aristide. Segundo, la visible postura anti Aristide de Balaguer fue un factor favorable a su derrocamiento. Aún dicho derrocamiento fuere claramente obra de problemas políticos internos, la visión de Balaguer fortaleció la posición de los militares haitianos. Tercero, la firme posición de Balaguer con el acatamiento del embargo internacional ayudó ostensiblemente a los líderes militares haitianos a obtener tiempo extra, y, así, dilatar el retorno de Aristide. Finalmente, cuando los militares norteamericanos abandonaron Haití, las acciones de Balaguer serían fundamentales para la estabilización de la nueva administración haitiana. Las causas detrás de estas acciones deben ser encontradas en una constante de Balaguer, cuyo recurso es su propia concepción respecto a la razón del Estado, parcialmente fundamentada en sus visiones antihaitianas. De acuerdo a esta ideología dominante, Haití es incapaz de gobernarse democráticamente. Sólo hombres fuerte pueden regirle. Peor aún, los intentos democráticos en Haití podrían crear inestabilidad política que afectarían a República Dominicana mediante miles de refugiados que tratarían de escapar de la violencia política. Además, un gobierno autoritario sería más predecible y promovería un clima estable para hacer negocios.

 

Finalmente, los gobiernos autoritarios en Haití han probado ser mejores socios en el contrabando lucrativo a través de la frontera y en el tráfico de braceros haitianos para la industria azucarera dominicana. En consecuencia, mientras los gobernantes dominicanos enarbolan banderas para convocar el apoyo nacionalista antihaitiano, mantienen, a la vez, estrechas relaciones con los grupos dominantes haitianos. Y, como dice la vieja máxima, “divide y vencerás”, a los pueblos dominicano y haitiano le han estado enseñado a mirarse como enemigos, mientras sus líderes se benefician de esa división.

 

REFERENCIAS:

- Baud, Michiel. 1993ª. “Una frontera para cruzar: La sociedad rural a través de la frontera dominico-haitiana (1870-1930)”. Estudios Sociales 26(94): 5-28.

- Baud, Michiel. 1993b. “Una frontera-Refugio: Dominicanos y Haitianos contra el Estado (1870-1930)”. Estudios Sociales 26(92): 39-64.

- Carvajal, Carmen. 1993. “Vicecanciller Herrera Cabral descarta integración RD-Haití”. Listín Diario, 25 January, 16.

- Cassá, Roberto. 1975. “El Racismo en la Ideología de la Clase Dominante Dominicana”. Ciencia 3(1): 59-85.

- Cornielle, Carlos. 1980. “Proceso Histórico Dominico-Haitiano: Una Advertencia a la Juventud Dominicana”. Santo Domingo: Publicaciones América.- Crassweller, Robert D. 1966. “Trujillo: The Life and Times of a Caribbean Dictator”. New York: Macmillan.

- Cuello, José Israel. 1991. “-Ay, Titid!,- Nunca Jamés”. El Siglo, 9 de Octubre, 7

 

- Diederich, Bernard, and Al Burt. 1986. Papa Doc y los Tontons Macoutes: La Verdad sobre Haití”. Santo Domingo: Fundación Cultural Dominicana.

- Ferguson, James. 1992. “The Dominican Republic: Beyond the Ligthhouse”. London: Latin America Boreau.

- French, Howard W. 1994a. “A Dominican·s 2 Burdens: Haití and Balaguer”. The New York Times, 14 April 1994.

- French, Howard W. 1994b. “Embargo Creates ·Oil Boom· Near Haitian Border”. The New York Times, 13 March.-”Fusión, tema de campaña”. 1994. Rumbo 1 (16): 34.- Moya Pons, Frank. 1997. Historia Colonial de Santo Domingo. 3rd. Ed. Santiago: Universidad Católica Madre y Maestra.

- Peña Batlle, Manuel A. 1946. “Historia de la Cuestión Fronteriza Dominico-Haitiana. Ciudad Trujillo (Santo Domingo): Casa Editora Luis Sánchez Andujar.

- Pérez, Máximo M. 1993 “El Gobierno autoriza la venta alimentos, combustible Haití”. Listín Diario, 12 April, 1, 16.

- Price-Mars, Jean. 1953. “La República de Haití y la República Dominicana”. 3 vols. Port-au-Prince: Colección del Tercer Cincuentenario de la Independencia de Haití.

- Sagas, Ernesto. 1993. “A Case of Mistaken Identity: Antihaitianismo in the Dominican Republic”. Latinoamericanist 29 (1): 1-5.- Sarita, Esteban. 1993. “Majluta considera Aristide provocador discordia con RD”. Listín Diario, 22 February, 4.

- Vega, Bernardo. 1988. “Trujillo y Haití”. Volumen I (1930-1937). Santo Domingo: Fundación Cultural Dominicana.

 

APÉNDICE:

DECRETO PRESIDENCIAL 233-91

CONSIDERANDO que a consecuencia de las disposiciones contenidas en los Decretos Nos. 417-90 y 188-91 de fechas 15 de octubre de 1990 y 14 de mayo de 1991, respectivamente, se han venido produciendo mejoras considerables en las condiciones de trabajo de los obreros de la caña, tanto nacionales como extranjeros;

CONSIDERANDO que el Gobierno Nacional ha promovido la adopción de una serie de medidas tendientes a humanizar las labores en los bateyes, especialmente en los que son propiedad del Consejo Estatal del Azúcar (CEA).

En ejercicio de las atribuciones que me confiere el artículo 55 de la Constitución de la República, decreto:

Artículo 1: Se dispone la repatriación de todos los menores que hayan alcanzado la edad de dieciséis (16) años, de nacionalidad extranjera, que venían trabajando como braceros en la siembra, cultivo, corte y acarreo de la caña.

Artículo 2: La repatriación se realizará a expensas del estado, dispensándose a los repatriados las mayores consideraciones.

Artículo 3: Se dispone, asimismo, la repatriación de todos los trabajadores extranjeros, mayores de sesenta (60) años de edad, de los bateyes, tanto los pertenecientes al Estado como los que son propiedad de empresas privadas. A estos trabajadores se les entregarán todas las prestaciones laborales que les correspondan, de conformidad con la legislación dominicana; prestaciones que estarán a cargo de las respectivas empresas privadas o del Estado en las que laboren dichos trabajadores.

Artículo 4: La Secretaría de Estado de Trabajo queda encargada de velar por el estricto cumplimiento del presente Decreto., para lo cual recibir el más amplio concurso de las Secretarías de Estado de las Fuerzas Armadas y de Relaciones Exteriores, de la jefatura de la Policía Nacional y de la Dirección General de Migración.

 

Joaquín Balaguer

13 de junio de 1991

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